Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta También nos fue muy bien con la escritura. Alí consiguió papel (no permitió que lo comprara yo con mi dinero), plumas y tinta, y en dos meses aprendió a escribir estupendamente. Eso incluso asombró a sus hermanos. Su orgullo y satisfacción no tenían límites. No sabían cómo agradecérmelo. En el trabajo, si alguna vez trabajábamos juntos, se turnaban para ayudarme y se sentían dichosos de hacerlo. Y no diré nada de Alí. Me quería, quizá, tanto como a sus hermanos. Nunca olvidaré cómo salió del penal. Me llevó detrás del barracón y allí se me echó al cuello y rompió a llorar. Nunca hasta entonces me había dado un beso ni había llorado. «Has hecho tanto por mí, has hecho tanto —me dijo— que ni mi padre ni mi madre hicieron tanto: me has hecho un hombre, que Dios te lo pague, yo nunca te olvidaré…»
¿Dónde estará, dónde estará ahora mi buen y querido, querido Alí?