Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta A los tres días de mi llegada al penal, me mandaron a trabajar. Tengo muy grabado en la memoria aquel primer día de trabajo, aunque no me sucedió nada extraordinario, al menos si se tiene en cuenta lo que ya había de extraordinario en mi situación. Pero aquélla fue también una de mis primeras impresiones, y yo seguía mirando todo con avidez. En aquellos tres primeros días pensé lo peor. «Este es el final de mis andanzas: ¡estoy en presidio! —me repetía a cada instante—. Aquí estaré amarrado muchos y largos años, en este rincón en el que entro con tanta desconfianza, con tanto dolor… ¿Quién sabe? Puede que, cuando me toque dejarlo, después de muchos años, quizá lo añore…», añadí, no sin una mezcla de esa maligna sensación que nos lleva a hurgar en nuestra propia herida y a recrearnos en nuestro dolor, como si la conciencia de la inmensidad de nuestra desgracia constituyese un verdadero placer. La idea de que con el tiempo iba a añorar aquel rincón me llenaba de espanto: ya entonces presentía hasta qué punto tan asombroso es capaz de vivir el ser humano. Pero todo a su tiempo; de momento, todo cuanto me rodeaba era hostil y horrible… y, aunque no lo fuese, así me lo parecía. La curiosidad salvaje con la que me examinaban mis nuevos compañeros, los presos, su aspereza reforzada con la aparición repentina de alguien nuevo, de origen noble, en su corporación, aspereza que a veces llegaba hasta el odio, todo aquello me atormentaba hasta tal punto que deseaba ponerme a trabajar lo antes posible, para conocer y sufrir cuanto antes mi desgracia, para empezar a vivir como todos ellos y compartir su suerte. Naturalmente, entonces no me daba cuenta ni sospechaba muchas cosas que tenía delante de mí: en medio de la hostilidad aún no adivinaba el consuelo. De hecho, algunos rostros amables y cariñosos que había encontrado en aquellos tres días me daban bastante ánimo. De todos, el más cariñoso y amable conmigo era Akim Akímich. Entre los rostros ceñudos y llenos de odio de los demás presos, no podía dejar de reparar en algunos bondadosos y joviales. «En todas partes hay gente mala y, entre ella, también hay gente buena —me apresuré a pensar para consolarme—. ¿Quién sabe? Esa gente quizá no sea, después de todo, peor que la otra, la de allí fuera». Pensaba esto y asentía con la cabeza; y, sin embargo, ¡Dios mío, si hubiera sabido entonces cuán cierta era aquella idea!