Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Por ejemplo, había una persona a la que sólo llegué a conocer bien después de muchísimos años. Sin embargo, siempre estuvo conmigo y cerca de mí casi todo el tiempo de mi condena. Era el recluso Sushílov. Al referirme a los presos que no eran peores que las demás personas, enseguida me acordé de él sin quererlo. Él me prestaba bastantes servicios. Yo tenía también a otra persona que me servía. Akim Akímich me recomendó al principio, en los primeros días, a un preso, Ósip, diciéndome que por treinta kopeks al mes me podía preparar mi propia comida, si a mí me asqueaba tanto la del penal y si disponía de medios suficientes para procurármela por mi cuenta. Ósip era uno de los cuatro cocineros elegidos por los presos para nuestras dos cocinas, aunque, por lo demás, dependía de ellos aceptar o no dicha elección y, una vez aceptada, podían renunciar incluso al día siguiente. Los cocineros no salían a trabajar y su tarea consistía en cocer pan y preparar schi. No les llamaban cocineros, sino cocineras (en femenino), pero no por despreciarles, y menos teniendo en cuenta que para la cocina se elegía a gente sensata y, en la medida de lo posible, honrada, sino a modo de broma amable, y por eso no se enfadaban. A Ósip le elegían casi siempre y prácticamente durante varios años seguidos fue cocinera; a veces, cuando se sentía muy angustiado y cuando quería pasar vodka de contrabando, renunciaba por un tiempo. Era un hombre de rara honradez y franqueza, aunque había ido a parar al penal por contrabando. Era aquel mismo contrabandista, alto y sano, que mencioné antes; siempre temeroso, sobre todo, de las baquetas, tranquilo, resignado, cariñoso con todos; nunca discutía con nadie, pero no podía dejar de pasar vodka de contrabando pese a toda su cobardía; era su gran pasión. Junto con los demás cocineros, Ósip también vendía vodka, aunque, desde luego, no a la escala de, por ejemplo, Gazin, porque no se atrevía a correr muchos riesgos. Con Ósip siempre me llevé bien. En cuanto a los medios para costearse uno su propia comida, no hacía falta tener demasiado dinero. No me equivocaré si digo que al mes gastaba en total en mi manutención un rublo de plata, sin contar el pan, que era el del rancho, y a veces, el schi, si tenía mucha hambre, a pesar del asco que me daba, que, por cierto, casi desapareció completamente más adelante. Solía comprar un trozo de carne de vaca, una libra al día. En invierno, la carne de vaca costaba un grosh. La compraba en el mercado cualquiera de los inválidos, de los que había uno en cada barracón, para mantener el orden, y que voluntariamente se hacían cargo de ir cada día al mercado a hacer las compras de los presos, sin cobrar casi nada a cambio, si acaso alguna cantidad insignificante. Lo hacían para estar tranquilos; de otro modo, les habrían hecho la vida imposible en el penal. De esa manera, llevaban tabaco, té, carne de vaca, rosquillas, etc., excepto vodka. Nadie les pedía vodka, aunque a veces les convidaban a tomarlo. Ósip me preparó durante varios años un filete de carne asada. Cómo se asaba la carne es otra cuestión; además, no se trataba de eso. Es de notar que Ósip y yo apenas cruzamos un par de palabras en varios años. Muchas veces me ponía a hablar con él, pero se mostraba incapaz de mantener una conversación: a lo más, sonreía o contestaba sí o no. Incluso resultaba extraño mirar a aquel Hércules que parecía un niño de siete años.