Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Además de Ósip, me prestaba ayuda Sushílov. No le llamé ni le busqué. Él mismo se presentó ante mí y me ofreció sus servicios; ni siquiera recuerdo cuándo y cómo lo hizo. Me lavaba la ropa. Para ello, habían construido tras los barracones una gran fosa para la basura, con un pilón. Encima de esa fosa, los presos lavaban la ropa en barreños del penal. Aparte de eso, Sushílov se inventó mil tareas diferentes para complacerme: me preparaba el té, me hacía diversos recados, me procuraba cualquier cosa, llevaba mi chaquetón a limpiar, me engrasaba las botas cuatro veces al mes; todo ello lo hacía diligentemente y de buen grado, como si pesaran sobre él sabe Dios qué obligaciones; en una palabra: unió por completo su suerte a la mía y se hizo cargo de todas mis cosas. Nunca decía, por ejemplo: «Tiene tantas camisas, su chaquetón está roto», sino: «Tenemos tantas camisas, nuestro chaquetón está roto». Me miraba a los ojos y parecía que le iba la vida en ello. Oficio o, como decían los presos, manuficio, no tenía ninguno y, al parecer, sólo de mí obtenía algún dinero. Yo le pagaba cuanto podía, es decir, unos cuantos groshes, y él siempre se mostraba satisfecho y no ponía ninguna objeción. No podía estar sin servir a alguien y, al parecer, me había elegido a mí porque yo era más condescendiente y más honrado en el pago que otros. Sushílov era de esas personas que nunca pueden enriquecerse y prosperar, de las que se ofrecían para vigilar el maidán, y que pasaban helados toda la noche junto a la entrada, atentos a cualquier ruido del patio, por si aparecía el mayor. Cobraban por ello cinco kopeks de plata y, si se despistaban, lo perdían todo y respondían con sus espaldas. Ya hablé de ellos. Esta gente se caracteriza por anular su personalidad siempre y en todas partes, casi ante todos, y en los asuntos comunes desempeñan un papel no ya secundario, sino de tercer orden. Llevan todo eso en su propia naturaleza. Sushílov era un pobre chico, completamente resignado y humilde; incluso parecía abatido, aunque nadie le pegaba, como si lo fuera de nacimiento. Siempre me daba pena, por una cosa o por otra. No podía mirarle sin compadecerme de él, aunque no sabría decir por qué. Tampoco podía conversar con él; era evidente que le suponía un gran esfuerzo, y sólo se animaba cuando, para acabar la conversación, yo le encargaba hacer algo, pedir algo, ir a algún recado. Al final, incluso me convencí de que obrando de aquella manera le complacía. No era alto ni bajo, ni bueno ni malo, ni tonto ni listo, ni joven ni viejo, tenía la cara un poco picada de viruelas y era un poco rubio. Nunca se podía decir de él algo demasiado preciso. Sólo una cosa: a mi parecer, por lo que pude averiguar, pertenecía a la misma cofradía que Sirotkin, y ello, quizá, por su aspecto abatido y resignado. A veces los presos se burlaban de él, sobre todo porque se había cambiado de camino a Siberia, y se había cambiado por una camisa roja y un rublo de plata. Debido al mísero precio por el que se había vendido, los presos se burlaban de él. Cambiarse quiere decir cambiar de nombre con alguien y, por consiguiente, también la condena. Por muy extraño que pueda parecer, es un hecho verídico, y en mis tiempos aún existía, en todo su vigor, consagrado por la costumbre y revestido de ciertas formas, entre los presos que eran conducidos a Siberia. Al principio yo no podía creerlo, aunque finalmente tuve que rendirme a la evidencia.