Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Se hacía de esta manera: un grupo de presos se dirige a Siberia. Los llevan a todos juntos: a unos, al presidio, a otros, a trabajar en las fábricas, y a otros más, a vivir confinados como colonos. Van todos juntos. En algún lugar del camino, supongamos que en la provincia de Perm, un deportado desea cambiarse por otro. Por ejemplo, un tal Mijáilov, condenado por asesinato o por algún otro delito grave, estima que no es ventajoso para él ir a presidio para muchos años. Supongamos que es un tipo listo, hábil, que conoce el asunto: busca a alguien de su cuerda con cara de simple y aspecto abatido y resignado, y cuya condena no sea relativamente grande: a trabajar en una fábrica de una ciudad pequeña o a vivir confinado como colono, o incluso condenado a presidio, aunque menos tiempo. Finalmente, encuentra a un Sushílov, un siervo al que han mandado como colono. Lleva recorridas a pie mil quinientas verstas, naturalmente sin dinero alguno, porque los Sushílov nunca pueden tener dinero. Anda reventado, agotado, come sólo el rancho, sin probar bocado de otra cosa, y va vestido únicamente con la ropa de presidiario, ofreciendo sus servicios a los demás por unos pobres y míseros groshes. Mijáilov habla con Sushílov. Le hace compañía e incluso traba amistad con él y, por último, en alguna etapa le invita a tomar vodka. Finalmente le propone cambiarse con él: «Yo —le dice Mijáilov—, pues eso, voy a presidio, pero a una “sección especial”. Aunque también está en el penal, es especial; mejor, según parece». La existencia de una sección especial, mientras estuvo en vigor, ni siquiera fue conocida por todas las autoridades, por ejemplo, de Petersburgo. Era un lugar tan aislado y tan especial, en uno de los remotos confines de Siberia, y con tan poca gente (en mis tiempos no llegaría a setenta personas), que era bastante difícil seguir su rastro. Conocí después a gente que había servido en Siberia y que la conocía bien, y que sólo a través de mí supieron de la existencia de una sección especial. En el Código Penal sólo se menciona en seis líneas: «Se constituirá en un penal determinado una sección especial para los criminales más peligrosos, hasta que se emprendan en Siberia trabajos forzados más duros». Incluso los propios presos no sabían si esa «sección» era temporal o perpetua. El plazo no estaba fijado. La ley decía: «hasta que se emprendan en Siberia trabajos forzados más duros», y sólo eso; lo cual equivalía a «pasar toda la vida en presidio». No es de extrañar, por tanto, que ni Sushílov ni ningún otro preso de la cuerda lo supiese, sin excluir al propio Mijáilov, quien acaso se hacía una idea de la sección especial por el grave crimen que había cometido y por el que ya había recorrido a pie tres o cuatro mil verstas. Así pues, no le enviaban a un buen sitio. Sushílov iba destinado a vivir como colono: ¿había algo mejor? «¿No quieres cambiarte?» Sushílov, bajo el efecto del alcohol, un alma cándida, lleno de gratitud por las atenciones de Mijáilov, no se atreve a negarse. Además ha oído decir en la caravana que uno puede cambiarse, que otros se cambian; por tanto, no hay nada raro ni extraordinario en ello. Se ponen de acuerdo. El desalmado Mijáilov, aprovechando la extraordinaria simpleza de Sushílov, le compra su nombre por una camisa roja y un rublo de plata, que le da ante testigos. Al día siguiente, Sushílov ya no está borracho, pero bebe de nuevo, y está mal visto renunciar al trato: el rublo de plata que recibió ya lo ha gastado en bebida, y la camisa roja, al cabo de poco, también. «No quieres, pues devuelve el dinero». Pero ¿de dónde sacará Sushílov un rublo de plata? Y, si no lo devuelve, el grupo le obligará a hacerlo: el grupo es severo en estas cosas. Además, «si has dado la palabra, cumple». Y el grupo procurará que así sea. De lo contrario, le harán la vida imposible. Le apalearán, o simplemente, le matarán, o al menos, le darán un buen susto.