Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta En efecto, si el grupo se mostrase indulgente en este asunto una sola vez, se acabaría la costumbre de los cambios de nombre. Si se puede retirar la palabra dada y romper un trato una vez que se ha cogido el dinero, ¿quién va a cumplir su palabra? En resumen, es un asunto que incumbe a todo el grupo y por eso son muy severos en este punto. Finalmente, Sushílov ve que no tiene remedio, y decide mostrarse totalmente de acuerdo. Se comunica la noticia a toda la cuerda, y también, si hace falta, se da dinero y se invita a beber al que sea. A ellos, naturalmente, les da igual que sea Mijáilov o Sushílov quien se vaya al diablo, han bebido vodka, les han convidado y callarán. En la primera etapa hacen, por ejemplo, un recuento; llegan a Mijáilov: «Mijáilov». Y Sushílov responde: «¡Presente!». «Sushílov». Y Mijaílov grita: «¡Presente!». Y siguen adelante. Nadie volverá a hablar de ello. En Tobolsk distribuyen a los presos. «Mijáilov, a la colonia»; «Sushílov, a la sección especial», con una fuerte escolta. En adelante, ya no es posible protestar. Además, ¿cómo se puede demostrar? ¿Cuántos años durará el caso? ¿Y con qué se pagará? ¿Dónde están, por último, los testigos? Si los hubiese, serían recusados. A fin de cuentas, resulta que Sushílov por un rublo de plata y por una camisa roja fue a la sección especial.