Memorias del subsuelo
Memorias del subsuelo Lancé por toda la mesa una mirada circular, con expresión insolente y turbia. Pero ellos parecÃan haberme olvidado por completo. Chez eux, habÃa ruido y alegrÃa. Zverkov seguÃa perorando. Presté atención. Hablaba de cierta hermosa dama que le habÃa declarado su amor, de tal modo la habÃa cautivado (naturalmente, mentÃa como un cazador), y explicó que en su aventura le habÃa ayudado uno de sus amigos Ãntimos, un joven prÃncipe, el húsar Kolia, dueño de tres mil siervos.
—Sin embargo, ese húsar que posee tres mil almas no está aquÃ; no ha venido a despedirle.
Estas palabras lanzadas en medio de la conversación general, provocaron un largo silencio.
—Está usted completamente borracho —dijo Trudoliubov, dignándose al fin a mirarme y haciéndolo despectivamente.
Zverkov me observaba en silencio, como se observa a un insecto raro. Bajé los ojos. Simonov se apresuró a servir champán.
Trudoliubov levantó su copa; los demás, excepto yo, siguieron su ejemplo.
—¡A tu salud, y para que tengas un feliz viaje! —dijo a Zverkov—. ¡En recuerdo de nuestros años de estudio, amigos, y por nuestro porvenir! ¡Hurra!
Todos bebieron y corrieron hacia Zverkov para abrazarlo. Yo me quedé en mi asiento. Mi copa seguÃa llena ante mÃ.