Memorias del subsuelo
Memorias del subsuelo De pronto, un frÃo de hielo cayó sobre mÃ. «¿No serÃa mejor…, no serÃa mejor regresar derecho a casa? ¡Oh, Dios mÃo! ¿Por qué habré venido a esta cena? ¡Pero ya no hay remedio! ¿Y mi caminata de tres horas entre la mesa y la chimenea? No, tiene que pagarme ese oprobio.»
—¡Fustiga cochero!
«¿Y si me entregan a la policÃa? No, no se atreverán. Temerán el escándalo. ¿Y si Zverkov, para acentuar su desprecio hacia mÃ, se niega a batirse? Estoy seguro de que lo hará. Pero yo les demostraré… ¡SÃ, corro a la posta en el momento de su partida, lo agarro por la pierna y le arranco la capa cuando esté subiendo al coche! Luego le clavo los dientes en la mano, le muerdo. «¡Mirad todos lo que puede hacer un hombre desesperado!» Tal vez él me golpee la cabeza. Desde luego, los demás se me echarán encima por la espalda. Pero no importa. Les gritaré a todos: «¡Fijaos en este bribón! ¡Se marcha para seducir a las circasianas con mi salivazo en pleno rostro!»