Memorias del subsuelo
Memorias del subsuelo Luego pensaba: «No la dejarán salir. No les suelen permitir que salgan, sobre todo por las tardes… —No sé por qué creÃa que Lisa tenÃa que llegar por la tarde y precisamente a las seis—. Pero ella me dijo que todavÃa no estaba comprometida del todo y gozaba de derechos especiales. Por lo tanto… ¡Hum! ¡Diablo, vendrá! ¡Estoy seguro de que vendrá!»
Afortunadamente, en estas ocasiones contaba con la distracción de Apolonio y sus insolencias, que me sacaban de quicio. Apolonio era una calamidad, una peste que me habÃa enviado la Providencia. HacÃa ya años que nos lanzábamos mutuamente acerados dardos. Yo lo detestaba. ¡Dios mÃo, cómo lo detestaba! Sobre todo, en ciertos momentos. Era un hombre de edad, con aires de gran señor. En sus horas libres hacÃa trabajos de sastre. SentÃa por mÃ, aunque no sé por qué, un desprecio que rebasaba todos los lÃmites imaginables, y me miraba siempre de arriba abajo. Por lo demás, miraba asà a todo el mundo.