Memorias del subsuelo

Memorias del subsuelo

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Exageraba para justificarme, pero mi ataque no era una ficción. Lisa, inquieta, me acercó el agua. En este momento apareció Apolonio con el té. De pronto me pareció que aquel té era algo vulgar, insignificante, que producía un efecto mezquino, desfavorable, después de lo que acababa de ocurrir. Me sonrojé, Apolonio salió sin mirarnos.

—Lisa, ¿me desprecias? —le pregunté, mirándola directamente a los ojos y temblando de impaciencia por conocer su pensamiento.

Ella enrojeció y no me pudo contestar. —¡Tómate el té! —le dije, iracundo.

Estaba furioso contra mí mismo, pero era evidente que Lisa sufría más que yo por esta causa. De improviso, sentí un odio atroz contra ella: la habría matado en aquel instante. En mi fuero interno decidí vengarme no diciéndole ni una palabra más. «Ella tiene la culpa de todo…»

Llevábamos ya cinco minutos de silencio. El té estaba sobre la mesa, pero no lo tocábamos. Había llegado al extremo de que, para hacer la situación de Lisa más difícil, no quería ser el primero en beber, y para ella era violento tomar el té sola. De cuando en cuando me dirigía una mirada inquieta y triste. Pero no cabía duda de que el más desgraciado de los dos era yo, pues no podía dominarme.


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