Nietochka Nezvanova
Nietochka Nezvanova Pero yo, desde la vÃspera, conocÃa las preocupaciones de mi padre. No sabÃa precisamente qué era lo que le atormentaba; pero veÃa que tenÃa una inquietud mortal. Mamá misma lo notó. En aquella época estaba muy enferma, y apenas podÃa mover las piernas. Mi padre, a cada instante, salÃa de casa y volvÃa a entrar. Por la mañana, tres o cuatro compañeros, antiguos colegas, fueron a verle, lo cual me extrañó mucho, pues a excepción de Carlos Feodorovich, no veÃa nunca a nadie digámoslo asÃ, entre nosotros; todo el mundo habÃa dejado de ir a vernos cuando mi padre abandonó en definitiva el teatro. Carlos Feodorovich llegó el último, todo sofocado. Llevaba el programa. Todo aquello me inquietaba, como si yo fuese la culpable de toda la turbación, de toda la angustia que leÃa en el semblante de mi padre. Hubiera querido enterarme de lo que hablaban, y por primera vez oà pronunciar el nombre de S… Oà decir después que se necesitaban, por lo menos, quince rublos para poder escuchar a S… Recuerdo también que mi padre, sin poder contenerse, hacÃa grandes movimientos con la mano y aseguraba que conocÃa a las maravillas de ultramar, a genios extraordinarios, y también a S…; que eran todos unos judÃos que venÃan a llevarse el dinero ruso, porque los rusos creen siempre en todas las necedades, sobre todo cuando proceden de los franceses. ComprendÃa ya lo que significaba la frase: «No tiene talento». OÃa reÃr a los visitantes. Bien pronto se fueron todos, dejando a mi padre de muy mal humor. Me di cuenta de que se hallaba enojado, por cualquier motivo, contra aquel S…, y para distraerle, me acerqué a la mesa, cogà el programa y empecé a leer en voz alta el nombre aquel. Luego, riendo y mirando a mi padre, que permanecÃa sentado en una silla, pensativo, concluÃ: