Nietochka Nezvanova

Nietochka Nezvanova

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De todas las personas que llegaban a verme cuando yo estaba enferma en el lecho, me impresionó, sobre todo, el viejo doctor, por su semblante de hombre ya de bastante edad, serio y bueno, que me miraba con una compasión profunda. Me agradaba su rostro más que los de los otros. Hubiera querido hablarle, pero no me atreví a ello. Estaba siempre muy triste, hablaba muy poco, empleando frases muy cortas, y jamás aparecía en sus labios la sonrisa. El mismo príncipe X… fue quien me encontró y me recogió en su casa.

Cuando empecé a restablecerme, sus visitas se hicieron cada vez menos frecuentes. Por fin, la última vez que fue a verme me llevó bombones y un libro con estampas; luego me besó, hizo sobre mí el signo de la cruz y me preguntó si estaba ya más contenta. Para consolarme añadió que muy pronto tendría una compañera, una chiquilla de mi edad, su hija Catalina, que entonces se encontraba en Moscú. Después de decir algunas palabras a una francesa ya mayor —la institutriz de sus hijos— y a una mujer joven que me cuidaba, me recomendó a ellas. Luego estuve tres semanas sin verle.





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