Nietochka Nezvanova
Nietochka Nezvanova Cuando me desperté era ya muy tarde; mi alcoba estaba a oscuras. Se había apagado la lamparilla, y la niñera, que estaba siempre a mi lado, había desaparecido. De pronto, llegaron hasta mí los sonidos de una música lejana. A momentos cesaban por completo los sonidos; otras veces se elevaban, cada vez más distintas, como si se aproximaran. No recuerdo qué clase de sentimientos me invadió, qué idea apareció de pronto en mi cerebro enfermo. Me levanté del lecho, y sin saber cómo tuve fuerzas para ello, me puse mi vestido de luto y salí a tientas de mi habitación. Ni en el segundo cuarto, ni en el siguiente, encontré a nadie. Al cabo, me hallé en el corredor. Los sonidos se aproximaban cada vez más. A la mitad del corredor había una escalera que conducía al piso de abajo. Por ella descendí a los grandes salones. La escalera aparecía brillantemente iluminada. Abajo andaba alguien. Me oculté en un rincón para no ser vista, y tan pronto como el instante me pareció propicio, bajé al segundo corredor. La música procedía del salón contiguo. Allí hacían ruido, hablaban como si se hubieran reunido millares de personas. Una de las puertas del salón que daban al corredor estaba oculta por una enorme cortina doble de terciopelo rojo. Me deslicé entre las dos colgaduras. Mi corazón latía tan fuerte, que apenas podía tenerme en pie. Pero tras de algunos minutos, dominando por fin mi emoción, me atreví a levantar una punta de la segunda cortina.