Nietochka Nezvanova
Nietochka Nezvanova El propietario se trasladó en seguida a casa del conde, donde al punto fue presentado al francés. Explicó a este toda la historia de mi padrastro, agregando que nunca había sospechado que Efimov tuviera tanto talento; que, por el contrario, Efimov se había manifestado siempre como un mal tañedor de clarinete, y que aquella era la primera vez que se enteraba de que el músico que le había abandonado era violinista. Declaró que Efimov era libre, que siempre había gozado absoluta independencia, y podía irse cuando quisiera si, en efecto, se consideraba oprimido. El francés se mostró de lo más asombrado. Llamaron a Efimov. Estaba desconocido. Se condujo vergonzosamente; respondió con ironía y mantuvo la exactitud de cuanto había referido el francés. Esto irritó en extremo al conde. Dijo con claridad a mi padrastro que era un infame calumniador, digno del más ignominioso castigo.
—No se inquiete vuestra excelencia; le conozco ya bastante —replicó mi padrastro—. Gracias a usted, pudo considerárseme como un asesino. Ya sé que usted impulsó a Alejo Nikiforovitch, su antiguo músico, a que me denunciara.