Nietochka Nezvanova
Nietochka Nezvanova Todo lo veía como durante el sueño de aquella última noche, y escuchaba los mismos sonidos… Abrí los ojos; quería convencerme, y miré, ansiosa, a la multitud… No; aquellas eran otras personas, otros rostros… Suponía que todos, como yo, esperaban algo; que todos, como yo, sufrían una angustia profunda; que todos querían gritar ante aquellos terribles sollozos para que cesaran y dejaran de torturarles el alma. Pero los gemidos y los sollozos se hacían cada vez más prolongados. De repente estalló el último grito, terrible, largo, que me conmovió toda…
No cabía duda. ¡Era el mismo grito! Lo reconocía, lo había oído ya, aquella noche, cuando quebrantó mi alma… ¡Padre, padre! Esta idea pasó como un relámpago por mi cerebro. ¡Está aquí, es él; me llama con su violín! De toda aquella multitud salió como un gemido, y frenéticos aplausos conmovieron la sala. Un sollozo desesperado, súbito, se escapó de mi pecho. No pude esperar más, y separando la cortina, me introduje en el salón.
—¡Padre, padre! ¿Eres tú? ¿Dónde estás? —grité, fuera de mí.