Nietochka Nezvanova
Nietochka Nezvanova Después de informarse acerca de mi salud, la princesita se sentaba enfrente de mí, en una silla, y sus ojos negros me examinaban de arriba abajo. Al principio, los primeros días de nuestra amistad me miraba a cada instante, de pies a cabeza, con un asombro de los más ingenuos; pero no llegábamos a conversar juntas. Yo me intimidaba ante Catalina, y sus reflexiones me desconcertaban; sin embargo, sentía un deseo enorme de hablar.
—¿Por qué no dices nada? —comenzaba Catalina, después de un silencio.
—¿Cómo está tu papá? —preguntaba yo, satisfecha de encontrar una frase con la cual podía empezar siempre la conversación.
—Papá está bien… Hoy no me he bebido solo una taza de té, sino dos… ¿Y tú, cuántas?…
—Una sola.
Un breve silencio.
—Hoy, Falstaff[1] ha querido morderme.
—¿Falstaff? ¿Es un perro?
—Sí, un perro. ¿No lo has visto?
—Sí, le he visto.
Y cuando yo no sabía qué decir, la princesa me miraba de nuevo, con asombro.
—¿No te gusta que te hable? —dijo.
—Sí, me gusta mucho. Ven más a menudo.