Nietochka Nezvanova
Nietochka Nezvanova SentÃa un gran deseo de agradarla, y por eso, temÃa pronunciar cualquier frase y realizar cualquier movimiento. Su aparición provocaba siempre en mà el mayor entusiasmo. No apartaba de ella los ojos, y cuando se iba, contemplaba, como en éxtasis, la dirección que habÃa seguido. La veÃa en sueños. Cuando no estaba presente, inventaba largas conversaciones de ambas: era amiga, jugaba con ella, lloraba con ella cuando se nos reñÃa por cualquier travesura… En una palabra, pensaba en ella como una enamorada. Deseaba con ahÃnco curarme y engordar lo más rápidamente posible, conforme ella me aconsejaba…
Cuando Catalina acudÃa junto a mà por la mañana exclamaba: ¿TodavÃa no estás curada?… ¡Siempre tan delgada!, temblaba yo cual una culpable… Nada tan serio como el asombro de Catalina ante la idea de que yo no pudiese restablecerme en un solo dÃa, y terminaba por enfadarse.
—¿Quieres que te traiga pasteles hoy? —me preguntó un dÃa—. Come, y asà engordarás más pronto…
—SÃ; tráelos —respondÃ, ante la idea de volver a verla una vez más.