Nietochka Nezvanova
Nietochka Nezvanova Esperaba su aparición como un feliz acontecimiento. Hubiera querido abrazarla. Pero la linda muchachita solo permanecÃa a mi lado algunos instantes. No podÃa estarse quieta; hallarse siempre en movimiento, correr, saltar, hacer ruido en toda la casa constituÃa para ella una necesidad absoluta. AsÃ, pues, desde el primer momento me declaró que le aburrÃa estar sentada a mi lado, y que, por consiguiente, solo acudirÃa de cuando en cuando; que, si acudÃa, era porque me tenÃa lástima, y que estuviere completamente restablecida ya serÃa otra cosa. Todas las mañanas, su primera frase era:
—¡Qué! ¿Estás ya curada?…
Y como yo me encontraba siempre delgada y débil, y rara vez la sonrisa iluminaba mi triste semblante, la princesa fruncÃa las cejas, movÃa la cabeza y golpeaba con el pie, disgustada:
—¿Pero no te dije ayer que estabas mejor?… ¿Acaso no te dan de comer?
—SÃ; me dan muy poco —respondÃa yo, tÃmidamente, pues ella me intimidaba.