Nietochka Nezvanova

Nietochka Nezvanova

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Le respondí en el mismo tono.

Durante todo el día estuve llorando y leyendo la carta de Catalina. La señora Léotard me enojaba con sus caricias. Por la tarde supe que había ido a ver al príncipe y le había advertido que, seguramente, yo caería enferma por tercera vez si no veía a Catalina, y que sentía mucho haber dicho lo que había dicho a la princesa.

Interrogué a Nastia para saber cómo estaba Catalina. Me respondió que Catalina no lloraba, pero que estaba pálida. Al día siguiente por la mañana Nastia me deslizó al oído:

Vaya usted a la habitación de Su Excelencia. Baje por la escalera de la derecha.

Tuve un feliz presentimiento. Oprimida por la espera, corrí hacia abajo y abrí la puerta del despacho del príncipe. Ella no estaba allí. De pronto, Catalina me abrazó por detrás y me besó, riendo y llorando… Pero, inmediatamente, Catalina se separó de mis brazos, corrió hacia su padre, trepó por su espalda como una ardilla, y no pudiendo sostenerse, se dejó caer sobre el diván. El príncipe cayó también. La princesita lloraba de júbilo.

—¡Padre, qué bueno eres, qué bueno eres!…

—¡Revoltosillas! ¿Qué os ha pasado? ¿Qué significa esa amistad?…

—Cállate, padre; no conoces nuestros asuntos.


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