Nietochka Nezvanova
Nietochka Nezvanova Y de nuevo nos arrojamos la una en los brazos de la otra.
Empecé entonces a examinarla más de cerca. Había adelgazado durante aquellos tres días; el color sonrosado había desaparecido de su rostro, que se presentaba muy pálido. Lloré de tristeza.
Al cabo, llamó Nastia. Era señal de que iban por Catalina. La princesita se puso pálida como una muerta.
—Basta, hijas. Nos reuniremos así todos los días. Hasta mañana, y Dios os bendiga —dijo el príncipe.
Se conmovió al mirarme. Pero no había contado con el destino. Aquella misma tarde se recibió de Moscú la noticia de que Sacha había caído gravemente enfermo y estaba casi moribundo. La princesa decidió partir al día siguiente. Todo se desarrolló con tanta precipitación, que lo ignoré hasta el momento de decir adiós a Catalina. El príncipe había insistido en que nos despidiéramos; la princesa no quería consentirlo.
Corrí hasta abajo, fuera de mí, y me arrojé a su cuello.
El coche esperaba ya junto a la escalinata. Catalina exhaló un grito al verme y cayó sin conocimiento.
Me lancé hacia ella. La princesa comenzó a sacudir a Catalina, que volvió en sí y me besó.