Nietochka Nezvanova

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CAPÍTULO VI

Mi nueva vida se deslizaba tan quieta, tan tranquila, que me parecía estar entre reclusos. Viví en casa de mis protectores durante más de ocho años, y no recuerdo que durante aquel tiempo, salvo muy raras excepciones, hubiera una velada, un almuerzo o una reunión de amigos o parientes. Aparte de dos o tres personas que acudían muy de tarde en tarde —el músico B…, amigo de la casa, y los demás visitantes que iban a ver al marido de Alejandra Mijailovna para tratar de sus negocios—, en la casa no se recibía a nadie.

Al marido de Alejandra Mijailovna, siempre ocupado en sus asuntos y en su servicio, le quedaba muy poco tiempo libre, que repartía por igual entre su familia y la vida mundana. Importantes relaciones que le era imposible abandonar, le obligaban a mostrarse en sociedad. Casi en todas partes se hablaba de su ambición sin límites, si bien gozaba reputación de hombre serio para los negocios, pues ocupaba un alto puesto; y aunque la suerte y el éxito parecían sonreírle, la opinión pública no le regateaba su simpatía. Es más, todo el mundo sentía hacia él una simpatía particular que, en cambio, se negaba en absoluto a su mujer.

Alejandra Mijailovna vivía en el más completo aislamiento, pero se mostraba satisfecha de su suerte. Su carácter dulce parecía formado exclusivamente para la vida solitaria.


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