Nietochka Nezvanova
Nietochka Nezvanova Ya he dicho que me alejé de ella voluntariamente, y que, una vez lejos, me encontré como contaminada por el misterio de su propio carácter. He aquí por qué cuanto viví durante aquellos tres años, cuanto nacía en mi alma, en mis ensueños, en mis esperanzas, en mis entusiasmos apasionados, todo aquello permanecía en mí.
Desde el día en que nos separamos una de otra, no habíamos vuelto a reunirnos nunca. No obstante, creía quererla cada día más. Ahora no puedo recordar, sin que las lágrimas acudan a mis ojos, hasta qué punto me hallaba unida a ella, hasta qué punto había prendido en mi corazón para prodigarme.
Todos los tesoros de amor que encerraba, y para cumplir hasta el final su abnegación al constituirse en mi madre. Claro que su propio dolor la separaba a veces de mí por mucho tiempo; parecía entonces olvidarme, tanto más cuanto que yo misma procuraba no acordarme de ella, y por esto mis dieciséis años llegaron sin que nadie lo notara. Pero, a momentos, Alejandra Mijailovna empezaba de pronto a inquietarse por mí, me llamaba, me dirigía multitud de preguntas, como para conocerme mejor; adivinaba mis deseos y me prodigaba sus consejos a cada instante. Pero se había acostumbrado ya a prescindir demasiado de mí, pues a veces obraba harto ingenuamente, y yo lo notaba y lo comprendía todo.