Nietochka Nezvanova
Nietochka Nezvanova Un día —no tenía yo aún dieciséis años—, habiendo examinado uno de mis libros, me interrogó acerca de mis lecturas, y advirtiendo que yo no había salido aún de las obras para niños, pareció horrorizarse de repente. Yo la comprendía y la seguía atenta. Durante dos semanas enteras, pareció prepararme y darse cuenta del grado de mi desarrollo y mis necesidades. Por fin, se decidió a tomar una determinación, y sobre nuestra mesa apareció Ivanhoe, de Walter Scott, que yo había leído hada mucho tiempo, lo menos tres veces. Al principio, con una atención tímida, siguió mis impresiones, escrutándolas, como si tuviera miedo de ellas. Por último, desapareció aquella tensión, sobrado forzada; nos entusiasmamos las dos, y me consideré tan feliz, tan feliz, que no pude ya ocultarme a ella. Cuando llegamos al final de la novela, ella se hallaba tan entusiasmada como yo. Cada una de mis observaciones era juiciosa; cada impresión, precisa. A sus ojos, yo aparecía ya desarrollada del todo. Poseída por mi entusiasmo, se dedicó alegremente a seguir mi educación. Se prometía no separarse ya de mí; pero no dependía de ella. Bien pronto nos separó de nuevo la suerte e impidió nuestra reconciliación. Bastó para ello el primer acceso de su enfermedad, su dolor perpetuo, y después, de nuevo, se interpuso el misterio, la desconfianza, quizá también, el odio.