Nietochka Nezvanova
Nietochka Nezvanova Por último, en nuestro consejo de familia se decidió llamar a un profesor de canto. B… nos recomendó al más conocido, al mejor. Al dÃa siguiente, el italiano D… se presentó en nuestra casa. Me hizo cantar y se manifestó de la misma opinión que su amigo B…; pero declaró que me serÃa mucho más provechoso ir a trabajar a su clase con los demás alumnos, que la emulación y las múltiples ocasiones de instruirme serÃan favorables al desarrollo de mi voz. Alejandra Mijailovna aceptó, y a partir de aquel dÃa, tres veces por semana asistà a la clase, a las ocho de la mañana, acompañada por una doncella.
Referiré ahora un acontecimiento que produjo en mà una gran impresión y señaló un nuevo perÃodo de mi existencia.
TenÃa entonces dieciséis años cumplidos. En mÃ, de pronto, se manifestaba una apatÃa incomprensible. Todos mis sueños, todos mis entusiasmos, todas mis excentricidades habÃan desaparecido. Una frÃa indiferencia habÃa reemplazado el antiguo ardor de mi alma. El arte mismo perdió para mà su atractivo, y lo abandoné. Nada me distraÃa ya, hasta el punto de que sentÃa indiferencia hacia Alejandra Mijailovna. Mi apatÃa era interrumpida por tristezas sin causa y por lágrimas. Buscaba la soledad… A la sazón, un suceso extraño trastornó mi alma y trocó aquella negligencia en una verdadera tempestad. He aquà lo que ocurrió.