Nietochka Nezvanova
Nietochka Nezvanova Entré en la biblioteca —esto constituirá siempre para mí un hecho memorable—, de donde cogí una novela de Walter Scott, Las aguas de Saint-Roñan, la única obra de este autor que aún no había leído. Recuerdo que una tristeza sin motivo me atormentaba; era como una especie de presentimiento. Sentía deseos de llorar. La estancia aparecía muy iluminada por los rayos oblicuos del sol poniente. Todo estaba silencioso. En las habitaciones próximas no había un alma. Piotr Alexandrovich no estaba en casa, y Alejandra Mijailovna se encontraba enferma y acostada. Yo lloraba. Cuando abrí el libro por la segunda parte, lo hojeé, tratando de hallar sentido a las frases que se ofrecían a mis ojos. Parecía adivinar que iba a distraerme abriendo un libro así. Recuerdo que acababa de cerrar el volumen para abrirlo después al azar, con el fin de leer, pensando en mi porvenir, la página por donde se abriera. Al abrir el libro encontré una hoja de papel de cartas hecha cuatro dobleces y muy bien plegada, como si hubiera sido puesta en aquel volumen desde hacía varios años y permaneciese allí olvidada.
