Nietochka Nezvanova
Nietochka Nezvanova Una vez mi madre me envió a comprar una cosa a la tienda. Volvía, guardando cuidadosamente la moneda de plata que me habían devuelto, cuando en la escalera encontré a mi padre, que salía. Sonreí, como lo hacía siempre cuando le veía. Él se inclinó como para besarme, y vio en mi mano la moneda de plata. Olvidaba decir cómo me hallaba tan habituada a la expresión de su rostro, que a simple vista adivinaba casi siempre todos sus deseos. Cuando él estaba triste, mi corazón se ponía angustiado. En general, se alteraba mucho, sobre todo cuando no tenía dinero y cuando, por esta causa, no podía beber vino, como tenía por costumbre. En el momento en que le encontré en la escalera, me pareció que le ocurría algo de particular. Al principio no me prestó atención; pero cuando vio en mi mano la brillante moneda, se tornó rojo de súbito; luego palideció y avanzó la mano para coger el dinero. La retiró en seguida, empero. Sostenía una lucha interior. Por último, adoptando una resolución, me ordenó que subiera, y él bajó algunas gradas. Pero se detuvo de pronto y me llamó con apresuramiento. Se mostraba muy contrariado.
—Escucha, Niétochka —me dijo— dame ese dinero. Te lo devolveré. ¿Se lo darás a tu padre? Tú eres buena, ¿verdad Niétochka?