Nietochka Nezvanova
Nietochka Nezvanova Al anochecer, la hora en que mi padre volvía de ordinario, fui a esperarle. Al llegar, llevándome un pastel, comenzó a decirme que lo había comprado para mi, que estaba mal robarle a mamá, que en lo sucesivo no debía pensar siquiera en semejante cosa, y que, si le obedecía, me compraría aún más pasteles. Por último, añadió que debía tener lástima de mamá, que mamá estaba muy enferma y era muy pobre, y que ella sola trabajaba para todos. Yo le escuchaba asustada, temblándome todo el cuerpo. Las lágrimas se escapaban de mis ojos. Me sentía tan emocionada, que no podía pronunciar una sola palabra ni moverme de mi sitio. Por fin, entró en la habitación, me ordenó que no llorara, y que no le dijera nada de aquello a mamá. Observé que él mismo se hallaba muy preocupado. Toda la noche la pasé presa de una especie de espanto, y por primera vez no me atreví a mirarle ni a acercarme a él. También él rehuía visiblemente mi mirada. Mamá iba y venía por la habitación, hablando sola, según su costumbre, como si estuviera en sueños. Aquella noche se encontraba mal: sufría una crisis. A la postre, tantas emociones me produjeron fiebre. Cuando me acosté, no pude dormir. Me atormentaban horrorosas pesadillas; no pudiendo contenerme ya, comencé a llorar con amargura. Mis sollozos despertaron a mamá. Me llamó y me preguntó qué me ocurría. No le respondí, y redoblaron mis lágrimas. Entonces ella encendió la vela, se acercó a mí y empezó a consolarme, creyendo que tenía miedo a consecuencia de algún mal sueño.