Nietochka Nezvanova
Nietochka Nezvanova Tomó mi mano y quiso besarla, pero yo la retiré con rapidez. Me invadió una especie de piedad, y la vergüenza comenzó a torturarme cada vez más. Corrí hacia arriba, horrorizada, abandonando a mi padre sin decirle adiós. Cuando entré en la vivienda, ardían mis mejillas y me latía el corazón, presa de un sentimiento angustioso y hasta entonces desconocido. Sin embargo, aseguré resueltamente a mi madre que había dejado caer el dinero en la nieve, y que no había podido encontrarlo. Esperaba recibir algunos golpes; pero no ocurrió nada… Claro que mamá se puso al principio fuera de sí, pues éramos muy pobres, y me regañó; pero al punto se rehízo, y dejó de reñirme, diciéndome solo que yo era una niña torpe y descuidada y que, por lo visto, debía, de quererla muy poco, cuando tan mal guardaba su dinero. Esta observación me entristeció más de lo que hubieran podido hacerlo los golpes. Mamá me conocía bien. Se había dado cuenta de mi sensibilidad, a menudo enfermiza, y con reproches amargos por mi falta de afecto, pensaba conmoverme más y obligarme así a que fuese más cuidadosa en lo sucesivo.