Noches blancas
Noches blancas —No se enoje, me rÃo porque es usted su propio enemigo y, si lo intentara, lo conseguirÃa, puede que aun en la calle le salga bien. Cuanto más sencillo, mejor le saldrá… Ni una sola mujer buena, a no ser que sea tonta o, sobre todo, que en ese momento esté enfadada por algo, se resolverÃa a echarlo a usted sin esas dos palabras que ha implorado tan tÃmidamente… Aunque yo le tomarÃa por un loco, sin duda. De hecho, asà le juzgué. ¡Bien sé yo qué gente hay por ahÃ!
—Oh, muchas gracias —grité yo—, no sabe lo que acaba de hacer por mÃ.
—Está bien, está bien… Pero, dÃgame, ¿por qué sabÃa que yo era una mujer con la que…? Bueno, que usted me creÃa digna de… atención y amistad…; resumiendo, no una dueña, como las ha llamado usted. ¿Por qué se resolvió a acercarse?
—¿Por qué? ¿Por qué? Pero si usted estaba sola, ese señor fue demasiado osado, es de noche. Estará usted de acuerdo conmigo en que era mi obligación…

—No, no, antes, en el otro lado. Porque usted querÃa acercarse a mÃ, ¿no?