Noches blancas
Noches blancas —¿En el otro lado? Pues, la verdad, no sé qué responder, temo que… ¿Sabe? Hoy he sido feliz; he caminado y cantado. He estado en el campo, nunca habÃa sentido unos momentos tan felices. Y usted… Me pareció que era posible… Bueno, perdóneme si le hago recordar: me pareció que usted lloraba y yo…, yo no podÃa oÃrlo…, mi corazón se encogió… ¡Dios mÃo! ¿Acaso no podÃa sentirme triste por usted? ¿Acaso es un pecado sentir por usted compasión fraternal?… Perdone, he dicho «compasión…». Bueno, en fin, ¿acaso podÃa molestarle que involuntariamente se me ocurriera acercarme a usted?
—Déjelo ya, es suficiente, no diga nada —dijo la chica bajando la vista y estrechándome la mano—. La culpa es mÃa por haber sacado el tema, pero estoy contenta de no haberme equivocado con usted. Bueno, ya estoy en casa. Tengo que seguir por aquÃ, por la travesÃa, está cerca, a dos pasos… Adiós, le agradezco que…
—¿Entonces es verdad? ¿De veras que no nos vamos a ver nunca más?… ¿De veras que se termina aqu�
—Ya ve —dijo la muchacha entre risas—, al principio querÃa sólo dos palabras y ahora… De todas formas no voy a decirle nada… Puede que nos veamos…
—Vendré aquà mañana —dije yo—. Ay, discúlpeme, ya estoy exigiendo…