Noches blancas
Noches blancas —Está bien —dijo la muchacha—, puede que venga mañana, también a las diez. Veo que ya no puedo prohibÃrselo… Lo que ocurre es que tengo que estar aquÃ, no piense que estoy acordando una cita, le aviso de que tengo que estar aquà por algo personal. Pero… bueno, seré sincera con usted: no pasa nada si viene; en primer lugar, podrÃa volver a suceder algo desagradable, pero dejemos eso a un lado…, en resumen, simplemente me gustarÃa verlo…, para decirle dos palabras. Con tal de que no me censure, no piense que suelo citarme con nadie tan alegremente… No lo habrÃa citado si… Bueno ¡dejemos que este sea mi secreto! Pero con una condición…
—¡Una condición! ¿Cuál? DÃgala, dÃgamela de antemano; estoy de acuerdo con todo, estoy dispuesto a todo —exclamé yo entusiasmado—, respondo de mà mismo: seré obediente, respetuoso… Usted me conoce…
—Precisamente porque lo conozco, lo invito a venir mañana —dijo la muchacha entre risas—. Lo conozco perfectamente. Pero si lo hace es con una condición, en primer lugar —ande, sea bueno y cumpla lo que voy a pedirle, ya ve que le hablo con franqueza—, no se enamore de mÃ… No es posible, se lo aseguro. Estoy dispuesta a ser su amiga, aquà tiene mi mano… Pero no puede enamorarse, ¡por favor se lo pido!
—Se lo juro —grité yo atrapando su mano.