Noches blancas
Noches blancas —Pare, no jure, sé bien que es capaz de estallar como la pólvora. No me censure por hablarle asÃ. Si usted supiera… Yo tampoco tengo a nadie, a nadie con quien poder intercambiar una palabra, a quien pedir consejo. Por supuesto que los consejeros no deben buscarse en la calle, pero usted es una excepción. Lo conozco como si lleváramos veinte años siendo amigos… Usted no cambiará, ¿verdad?
—Ya lo verá…, aunque no sé cómo voy a sobrevivir un dÃa.
—Duerma profundamente, buenas noches… Y recuerde que yo ya confÃo plenamente en usted. Aunque acaba de expresarlo muy bien, ¿de veras hay que dar cuenta de cada sentimiento, aunque sea compasión fraternal? ¿Sabe? Lo ha dicho tan bien que enseguida despertó en mà la idea de confiarle…
—Por Dios, ¿el qué?
—Hasta mañana. Dejemos que sea un secreto por ahora. Mejor para usted, al menos en la distancia parecerá una novela. Puede que mañana se lo cuente, o puede que no… Le aviso de antemano, vamos a conocernos mejor.