Pobre gente
Pobre gente 28 de julio
Mi querida Várinka: ¡Ah Várinka, Várinka! Ahora la culpa es suya, y habrá de pesar sobre su conciencia. Con su carta ha acabado usted con las últimas fuerzas de superioridad que me quedaban y me ha aturdido por completo; hasta este momento, en que he podido pensar en ello con toda calma y arrojar una mirada hasta lo más profundo de mi corazón, no he podido ver y darme perfecta cuenta de que yo tenía razón. Razón sobrada. No hablo ahora de mis tres días terribles (sea buena, hijita, ¡no hablemos más de eso!), sino que me limito a insistir en que yo le tengo a usted cariño y en modo alguno era absurdo que yo la quisiese a usted; ¡no, señor; en modo alguno lo era! Pero usted, hijita, no sabe aún de la misa la media. ¡Si usted supiese cómo fue eso, cómo llegué yo a tomarle cariño, se expresaría usted de otro modo! Usted dice ahora eso, y yo estoy convencido de que en su corazón piensa otra cosa.