Pobre gente
Pobre gente Mire, hijita: si le he de decir la verdad, yo mismo no sé exactamente qué fue lo que me ocurrió con aquel oficialete. Debo confesarle, ángel mío, que hasta ese momento me encontraba yo en la situación más espantosa. Imagínese usted, hija mía, que yo llevaba ya todo un mes pendiente, como quien dice, de un cabello. Mis apuros eran tan grandes, que yo no sabía ya qué iba a ser de mí. A usted se lo ocultaba yo, y aquí, en casa, también conseguía disimularlo; pero la patrona se encargaba de decírselo a todo el mundo. Yo no me habría apurado por eso mucho, y la habría dejado gritar cuanto quisiese a esa tía escandalosa; pero, en primer lugar, era eso una vergüenza, y, en segundo, tenga usted en cuenta que, no sé por dónde, se había enterado ella de nuestra amistad y se ponía a decir tales cosas en la casa respecto a nosotros, que yo me mareaba y tenía que taparme los oídos. Pero los demás huéspedes no se los tapaban, sino que, muy al contrario, los abrían de par en par. Tampoco sé yo ahora, hijita, dónde esconderme de ellos…