Pobre gente
Pobre gente Pues bien; mire usted, angelito mío: yo no estaba hecho a semejante turbión de desdichas de toda índole. Y he aquí que de pronto hube de enterarme por Fiodora de que un tipo insignificante se había presentado en vuestra casa y díchole a usted no sé qué cosas ofensivas. Que usted debía de haberse dolido mucho de la ofensa eso podía yo, hija mía, juzgarlo por mí mismo, pues también a mí me había lastimado en lo más vivo. Bueno…; pues nada, hijita: que perdí el juicio, perdí la cabeza y me perdí yo también. Me entró, Várinka, una cólera tan fuerte como en toda mi vida experimentara. Inmediatamente quise correr en busca de aquel tío, de aquel seductor, para el que nada había sagrado en este mundo. Aunque, a decir verdad, ni yo mismo sé lo que quería. Pero sí; lo que yo quería era que nadie la ofendiese a usted, ángel mío. ¡Bueno!… ¡Qué tristeza! Lluvia y fango fuera, y dolor y pesar dentro, ¡en el alma!… Ya pensaba yo en volverme… Pero en aquel instante sucedió lo fatal. Me di de manos a boca con Yemelia, con Yemelia Ilich…, el cual es un compañero de oficina, es decir, lo era, porque ahora ya no lo es, pues lo han dejado cesante por no sé qué causa… Ignoro en qué se ocupará ahora… Ya habrá sabido meter la cabeza en algún sitio… Bueno. Yemelia se pegó a mí, y seguimos juntos luego… Sí; hay que decirlo todo, Várinka, aunque no habrá de causarle ninguna alegría enterarse de los malos pasos y yerros de su amigo… y escuchar el relato de todas mis aventuras. Al tercer día, a eso del oscurecer…, Yemelia, Dios le perdone, había estado azuzándome… Me fui, por último, a ver al tenientito. Yo me había enterado de sus señas por nuestro criado. Ya hacía tiempo…, ahora viene a pelo decirlo…, que yo tenía entre ceja y ceja a ese pollo; le había observado muy bien cuando estaba de huésped en casa. Ahora comprendo, sin embargo, que no me conduje correctamente, pues no estaba nada despejado cuando le hice anunciar mi visita. Y luego, luego, hijita, ya no sé, francamente, lo que sucedió. Sólo recuerdo que estaban con él muchísimos oficiales, aunque es posible, vaya usted a saber, que yo lo viera todo doble. Tampoco sé a punto fijo lo que yo hiciera allí; sólo creo recordar que me puse a hablar por los codos y poseído de una indignación honrada. Luego, finalmente, me echaron entre todos y rodé escaleras abajo, aunque no es verdad, en último término, que me echasen literalmente, sino que yo me eché a mí mismo. Cómo pude volver a casa, eso sólo Dios los sabe. ¡Ahí tiene usted todo, Várinka! Yo, naturalmente, me he comprometido mucho, y con ello ha padecido no poco mi reputación; pero nadie sabe del todo lo ocurrido, ninguna persona extraña, nadie, quitándola a usted; de modo que, en fin de cuentas, es como si no hubiese pasado nada. ¿Será quizá así, Várinka de mi alma? ¿Qué le parece a usted? Lo único que me consta de fijo es que el año pasado Aksentii Osípovich le puso las manos encima a Piotr Petróvich; pero no lo hizo públicamente, sino a solas. Le rogó que pasara al cuarto de guardia; pero yo lo presencié todo por casualidad; bueno; pues cuando allí lo tuvo, la emprendió con él como creyó oportuno, pero guardándole todos los respetos, pues, como le digo, nadie se enteró del lance… sino yo. Sólo que yo, claro…, no soy nadie, es decir, que si me preguntaran me limitaría a decir que nada había oído, por lo que es absolutamente igual que si de nada me hubiese enterado. Bueno; pues luego de eso, Piotr Petróvich y Aksentii Osípovich han continuado tratándose como si tal cosa. Piotr Petróvich es, como usted sabe, muy orgulloso, y ha tenido buen cuidado de no decirle a nadie nada, y ahora ambos, cuando se encuentran, se saludan y hasta se dan las manos, cual si nada hubiera sucedido entre ellos.