De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Me preparé, en consecuencia, para repeler la agresión con las simples fuerzas corporales que Dios me ha dado, cuando vi una de esas cabezas que, riendo, me mostraba treinta y dos dientes blancos, y la otra dos dientes amarillos. Las miré con más atención. «¡Giraud! ¡Desbarolles!», exclamé. Pido perdón a mi amigo Giraud, pero fue sobre todo por sus treinta dientes ausentes y sus dos dientes presentes que lo reconocí.
En efecto, aparte de la capa color pardo que había extendido sobre los rostros de los dos viajeros el sol de Cataluña y Andalucía, se había producido un gran cambio en el aspecto de sus semblantes. Giraud, que había partido sin cabellos, reaparecía con una melena de león; Desbarolles, que había partido con magníficos cabellos, por poco estaba calvo. El viaje había actuado en sentido inverso sobre el cuero cabelludo de los dos viajeros. Dejo este hecho a la ciencia de los médicos y a la investigación de los vendedores de pomadas.