De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Cuchares, el Salamanquino y Lucas Blanco iban los primeros. Detrás de ellos venían los tres picadores. El picador herido, que habíamos dado por muerto, montaba un nuevo caballo, y de no ser por su palidez extrema, habríamos podido creer que no le había pasado nada. El que mantenía ocupado al toro se había desembarazado de él y había regresado a su puesto. Detrás de los picadores venían los cuatro chulos, detrás de los chulos los banderilleros, detrás de ellos los mozos de estoque. El cachetero era el único que no formaba parte del cortejo.
El toro, acorralado contra el palco del ayuntamiento, miraba esta procesión con aire estúpido. En cuanto a la procesión, ya no se inquietaba por el toro, como si éste no hubiese existido nunca. Avanzó marchando al paso al compás de la música, y vino a arrodillarse delante de la reina.
La reina dejó a la cuadrilla en esta actitud durante algunos segundos, como para decir que aceptaba su homenaje; después le hizo una señal de que volviera a ponerse de pie. Todos los que la componían se irguieron y saludaron. De inmediato, a una segunda señal, rompieron filas y cada uno retomó su papel en la escena, los picadores bajando sus lanzas, los chulos sacudiendo sus mantos, los banderilleros corriendo a preparar sus banderillas.