De Paris a Cadiz

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Desbarolles se acercó, Gibus en mano, a nuestra anfitriona, quien, ya un tanto suavizada por el contacto magnético de los duros, se dignó aceptar el brazo que él le ofrecía. Desaparecieron ambos por una puerta que parecía hundirse en las entrañas de la tierra.

Boulanger y don Riego reaparecieron al mismo tiempo por la puerta opuesta. Habían dirigido su exploración hacia el polo austral, luego habían encontrado vientos alisios que los habían empujado dentro de un corredor; al final de aquel corredor, habían descubierto una larga habitación que podía contener ocho camas. Boulanger, hombre sensato, había puesto la llave de esa habitación en su bolsillo y me la traía.

Las costillas seguían cocinándose.

—Una sartén y una cacerola —pedí. Achard se apoderó de una sartén, y Giraud de una cacerola. Maestre Calisto Burguillos nos miró hacer estupefacto; pero como era uno contra ocho, y no tenía más arma que un cucharón contra cinco fusiles, no había modo de resistir.

Por un instante había tenido la idea de llamar a los ingleses en su ayuda; pero era un hombre bien instruido el maestre Calisto, y recordó que, en la guerra de la Península, los españoles padecieron más a causa de los ingleses, sus aliados, que de sus enemigos los franceses. De modo que se decidió a conservarlos en su casa a título de huéspedes solamente.


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