De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Desbarolles regresó; tenía los bolsillos llenos de patatas y el zurrón lleno de huevos. Achard había recibido la misión de romper los huevos y batirlos, Giraud de pelar y cortar las patatas. Desbarolles debía seguir galanteando a madame Burguillos hasta que una mesa con ocho cubiertos fuese dispuesta en un rincón cualquiera de la casa. Desbarolles se sacrificó, salió con ella, y al cabo de un cuarto de hora volvió diciendo:
—¡Uf!, señores, la mesa está lista.
Diez minutos después, a las costillas sólo les faltaba una vuelta al fuego, a las patatas una vuelta de cacerola y a la omelette una vuelta de sartén. En ese momento, Madame, la cocina de don Calisto Burguillos presentaba un espectáculo curioso. En primer lugar, monsieur Alexandre Dumas, su servidor, con un abanico en cada mano, avivaba, mediante una ventilación sostenida, el carbón que hacía asar las costillas y freír las patatas. Giraud pelaba una segunda edición de patatas destinada a suceder a la primera. Don Riego simulaba leer su breviario y olía el humo de la parrilla, mirando la sartén de reojo. Maquet sostenía la sartén por el mango. Achard molía pimienta. Desbarolles se reponía de sus fatigas. Boulanger, enfriado por su exploración a las altas latitudes, se calentaba. Alexandre, fiel a su especialidad, dormía.