De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Por fin, el maestre Calisto Burguillos, cada vez más aturdido ante los aires de la intervención francesa, no veía en absoluto a su mujer, quien a través de los vidrios de su ventana indicaba a Desbarolles que faltaba algo muy importante sobre la mesa. Felizmente, yo velaba por maestre Calisto. Envié a Desbarolles a cumplir con su deber.
Diez minutos después, rodeábamos una mesa sobre la cual humeaban doce costillas, dos pirámides de patatas y una omelette gigantesca. Esta visión nos dió una alegría tal, Madame, particularmente a Boulanger, a Giraud y a Alexandre, que Madame Burguillos entró por causa de nuestras carcajadas; detrás de ella entraron las dos o tres maritornes[49] de la posada;[50] y detrás de las dos o tres maritornes de la posada aparecieron en la penumbra las figuras sorprendidas de nuestros ingleses.
Aproveché la presencia de madame Burguillos para deslizar en la mano de Desbarolles la llave de la habitación. «Vamos, señor intérprete, le dije, un último sacrificio; levántese de la mesa, haga preparar nuestras camas; le guardaremos su parte de la cena, y a su regreso, la sociedad le consagrará, como antaño Roma a César, una corona de laureles».