De Paris a Cadiz

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Giraud sacó tres duros de su bolsillo y, al sacar los tres duros de su bolsillo, dejó caer cinco o seis onzas. La señora Calisto Burguillos abrió unos ojos ávidos al ver ese oro que rodaba sobre el piso de su cocina. Giraud recogió las cinco o seis onzas, y dió los tres duros a nuestro anfitrión. Éste se los pasó a su mujer, quien me pareció que ocupaba en la casa una posición distinguida.

Giraud tomó la oveja, la cortó con una habilidad que hacía honor a sus estudios anatómicos, salpimentó las costillas con una cantidad suficiente de pimienta y de sal, las acostó delicadamente sobre la parrilla que yo le presentaba, y después posó la parrilla sobre un parejo colchón de carbones ardientes artísticamente extendido por Achard. De inmediato las primeras gotas de grasa se pusieron a gritar sobre las brasas.

—Ahora, Desbarolles —continué—, ofrezca su brazo a madame Calisto Burguillos y ruéguele que lo conduzca al lugar donde guarda sus patatas. Si en el camino encuentra huevos, introduzca una docena de ellos en su zurrón; durante todo el camino, amigo mío, le preguntará por su padre, su madre y sus hijos; esto la halagará, y lo introducirá poco a poco en su intimidad.


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