De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Es imposible hacerse una idea del aspecto lúgubre y austero que presenta El Escorial. Monumento de granito construido sobre una montaña de granito, parece uno de esos lugares de la naturaleza que, de lejos, presentan una imagen aproximada de la realidad. Pero no se trata de ninguna ilusión óptica. De cerca, después de haber medido bien la pequeñez del hombre frente a esta masa gigantesca, se encuentra abierta de par en par una puerta que vuelve a cerrarse detrás de usted; entonces, aunque visite sólo de paso el sombrío monumento, si tuviera usted conciencia de su libertad, una vez adentro se estremecería como si jamás fuese a salir de allí.
Quien nunca haya podido comprender el carácter inquieto de Felipe II se haría, al ver El Escorial, una idea exacta de la sombría majestad del hijo de Carlos V. Nada da una idea del Escorial: ni Windsor en Inglaterra, Ni Peterhof en Rusia, ni Versalles en Francia. El Escorial no puede compararse con nada más que consigo mismo, es un pensamiento tallado en piedra, es el producto de un hombre y de una época modelada por este hombre a su voluntad, durante las horas de insomnio que le proveía ese sol eterno que resplandecía todo el tiempo sobre sus Estados.