De Paris a Cadiz

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Se llega al altar ascendiendo diecinueve escalones de mármol. El ornamento de este altar es una serie de hermosos cuadros que representan la historia de Cristo, sostenida y dividida por columnas de orden dórico. Las columnas de orden dórico, el más frío de todos los órdenes, son las únicas que el arquitecto ha aplicado a la ornamentación del edificio. Este altar brilla y resplandece bajo la luz de una colosal araña que pende de la bóveda, y que, encendida constantemente, hace brillar como lentejuelas de nácar las partes matizadas del granito. A derecha e izquierda del altar, a unos quince pies de altura, hay dos grandes nichos paralelos, excavados en forma de cuadrados: a la izquierda, la tumba de Carlos V; a la derecha, la tumba de Felipe. El fundador pensó sin duda que la tumba de su padre y la suya eran las únicas dignas de salir del Pudridero real.

Junto a Felipe II, de rodillas y rezando él mismo, rezan de rodillas el príncipe don Carlos y las dos reinas que desposó sucesivamente. Desde abajo, se puede leer esta inscripción grabada en letras de oro: «Felipe II, rey de todas las Españas, Sicilia y Jerusalem, descansa en esta tumba que, en vida, él construyó para sí mismo. Descansan con él sus dos mujeres, Isabel y María, y su hijo primogénito, don Carlos». Así quiso el padre inflexible, rey cristiano, que la muerte lo reconciliase con su hijo.


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