De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Había olvidado este envío, cuando al bajar encontré al maestre Calisto esperándome en el umbral de su puerta, y sosteniendo un vaso en cada mano y un odre bajo el brazo. Me ofrecía el Valdepeñas[52] de la confraternidad. En efecto, el maestre Calisto Burguillos me había hecho el honor de tomarme por el cocinero de alguna buena casa, venido a Madrid para las fiestas españolas. Lo dejé pues en ese error que me colocaba mucho más alto en su estima que si le hubiese dicho que era el autor de los Mosqueteros o de Monte-Cristo.
El tiempo nos apremiaba, era mediodía, y a las siete nos esperaban para una gran cena que daba en mi honor la colonia francesa. ¡Ay! ¡Dios mío!, sí, Madame, ¿qué le vamos a hacer?, nuestros compatriotas están hechos así: en el extranjero nos festejan, nos acogen, nos abrazan, mientras que en casa nos muerden y desgarran a grandes dentelladas. El extranjero es la posteridad. Al pasar la frontera, morimos. No es usted, es su sombra la que cosecha las pruebas de simpatía que surgen a cada paso en el camino y, debo decirlo, mi sombra gloriosa es recibida aquí de un modo que causa envidia a mi pobre cuerpo.