De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz —¡Bravo, Maquet! —exclamé—, usted es de mi escuela. Espero que a continuación se haya preocupado por averiguar si habÃa tenido la culpa.
—Observe el terreno —dijo Maquet—, y lo juzgará usted mismo.
En efecto, al echar una mirada sobre el camino, el accidente, suponiendo que fuese resultado del azar, se volvÃa incomprensible. La fisura cortaba el camino; era imposible que el zagal, que conducÃa a las mulas por las riendas, no hubiese notado el precipicio, puesto que lo habÃa bordeado, puesto que necesariamente habÃa tenido que desviar a las mulas para que no cayeran en él. Además, un hecho complicaba el suceso.
Apenas bajó de su asiento, el mayoral habÃa arrancado la linterna y la habÃa apagado. Esto iluminó a Maquet; dejó de zurrar al mayoral, lo tomó por el cuello y lo llevó hacia el abismo. El mayoral creyó que habÃa llegado su último dÃa; se tensó con todas sus fuerzas. Pero Maquet tiene un puño contundente y, a pesar de su resistencia, el mayoral, empujado por lo demás a culatazos en el trasero, se encontró muy pronto al borde del abismo. Se puso lÃvido. «Si quiere matarme, máteme enseguida», dijo cerrando los ojos. Si se hubiese resistido, probablemente estarÃa perdido. Esta humildad conmovió a Maquet, que lo soltó.