De Paris a Cadiz

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—Ahora —dijo al soltarlo—, hay que prevenir a Dumas. Apenas estamos al comienzo de la función. ¡Un hombre de buena voluntad que haya conservado el uso de sus piernas y de sus pulmones para correr en pos de Dumas!

—Me ofrezco —dijo Giraud. Y partió.

Usted sabe el resto, o más bien no sabe nada todavía, Madame, ya que el resto venía bajando en ese momento de una colina que se recortaba vigorosamente en el horizonte, y que la luna pintaba con resplandores plateados. Ese horizonte estaba muy próximo a nosotros.

—¡Oh, oh! —solté—, un tropel de hombres. Miren.

Y extendí la mano hacia los que llegaban.

—Tres, cuatro, cinco, seis, siete —contó Giraud. En ese momento, el cañón de una carabina reflejó un rayo de la luna que después de haber brillado desapareció como un relámpago—. Bien, están armados, esto va a ser divertido.

—¡A los fusiles, señores, a los fusiles! —dije en voz baja, tan clara no obstante que en un instante todos estuvimos armados. Achard, que no tenía fusil, saltó sobre un cuchillo de caza. Entonces recordamos que los fusiles no estaban cargados.

Los hombres estaban todavía a cien pasos de nosotros, los podíamos contar, eran siete.


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