De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz —Señores —dije—, tenemos tres minutos, es decir, el tiempo que necesitamos para cargar tres veces; calma, y carguemos.
Todo el mundo se habÃa reunido a mi alrededor. Desbarolles, el único cuya carabina estuvo lista para abrir fuego, se mantenÃa a cuatro pasos por delante de nosotros. Alexandre estaba a mis pies, buscando cartuchos en su estuche de tocador; era el único que tenÃa un fusil de recámara. Todos los demás cargaban a varilla.
Los hombres estaban a veinte pasos de nosotros cuando terminé de cargar. De inmediato hice chasquear el resorte de los dos percutores. Ante ese sonido, que se oye tan bien en tales circunstancias, y cuya significación no deja nunca dudas, se detuvieron. Alexandre ya habÃa hecho otro tanto; Maquet, el tercero en estar listo, siguió nuestro ejemplo. DisponÃamos de diez disparos. Tres de nosotros eran cazadores, y ciertamente no habrÃan errado su blanco a la distancia que nos encontrábamos.
—Ahora, señor intérprete oficial —dije a Desbarolles—, hágame el favor de preguntar a esta buena gente qué desea, e insinúeles que el primero de ellos que dé un paso de más es hombre muerto.