De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz En ese momento, ya sea inocentemente o a propósito, el mayoral, a quien habíamos obligado a encender su linterna, la dejó caer a sus pies. Mientras tanto, Desbarolles traducía al español las cortesías que yo le había encargado dirigir a esos señores.
—Bien —dije una vez que hubo terminado, y que vimos que la traducción había causado cierto efecto—. Ahora, haga comprender al mayoral que necesitamos ver claro, y que no es por lo tanto el momento de apagar por segunda vez su linterna.
El mayoral comprendió sin que hubiese necesidad de traducirle nada, y se apresuró a recoger su fanal.
Se hizo un momento de silencio solemne: estábamos divididos en dos grupos, ligados por medio de Desbarolles que estaba ubicado a cuatro pasos de nosotros y a quince de nuestros adversarios, y que se mantenía en la posición de centinela.
El grupo español estaba en la oscuridad, nuestro grupo, por el contrario, estaba iluminado por la linterna temblorosa. La luz que escapaba de ésta hacía brillar el cañón de los fusiles y la hoja de los cuchillos de caza.
—Ahora, Desbarolles —continué—, tenga a bien preguntar a estos señores qué buena fortuna nos procura el honor de su visita.
Desbarolles tradujo mi demanda.