De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz —VenÃamos a socorrerlos —respondió uno que parecÃa ser el jefe de la banda.
—¡Oh, qué encantador! —respond×; ¿pero cómo han sabido estos señores que necesitábamos auxilio, si ni el mayoral ni el zagal se apartaron de nosotros?
—Pues sÃ, eso es muy cierto —dijo Desbarolles. Y reprodujo mi pregunta en castellano.
Era difÃcil responder a ella; y nuestros solÃcitos mensajeros nocturnos no respondieron nada.
—Di, papá —dijo Alexandre—, se me acaba de ocurrir una idea; ¿si robáramos a estos señores?
—Este pequeño Dumas está lleno de imaginación —dijo Giraud.
—¡Ya lo creo! —dijo Achard—, ya que estamos, más valdrÃa destriparlos sin demora.
—Ustedes oyen de lo que se trata —continuó Desbarolles.
Nuestros visitantes no respondieron nada; estaban estupefactos.
—Se trata de destriparlos, si no retoman de inmediato el camino por el que han venido.
Esta declaración arrojó una cierta turbación entre la banda.
—Pero, si nuestras intenciones no eran malas —exclamó el jefe—, todo lo contrario.