De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Hubo entonces un combate de generosidad que habrÃa enternecido, por cierto, a los espectadores, si hubiésemos tenido espectadores; desgraciadamente no los tenÃamos, y esta conmovedora escena quedará por siempre jamás entre las filas de las cosas ignoradas.
—¡Qué pena que don Riego se haya perdido! —dije—, hubiese cortado de cuajo la discusión.
—¡Aquà estoy! —dijo una voz. Nos volvimos, don Riego nos habÃa encontrado.
Pero su estado se habÃa agravado bastante durante su desaparición; tenÃa una mano sobre el costado, por lo bajo rengueaba y se quejaba muy alto. Se hubiera dicho que el pobre hombre no tenÃa más de veinticuatro horas de vida. La mula le pertenecÃa, pues, por derecho. Lo izamos por lo tanto sobre Carbonara, ya que el equipaje le habÃa tocado en suerte a Capitana.
Sobre el equipaje, según la costumbre, y yo dirÃa casi según su derecho, se habÃa instalado el arrendador de mulas, dicho de otro modo, el arriero. Carbonara y don Riego encabezaron la columna; Capitana, el equipaje y el arriero siguieron a Carbonara; por último, nosotros seguimos a Capitana, al equipaje y al arriero. Andábamos a pie y fusil al hombro. Nos habÃamos informado acerca de la distancia con el arriero, quien nos respondió que nos quedaban por hacer dos leguas y media, tres leguas a lo sumo.